Angkor fue una antigua ciudad importante del imperio Jemer entre los siglos IX y XV de nuesta era. Sus ruinas se encuentran cerca de la actual Ciudad de Siem Riep, Provincia de Siem Riep, Reino de Camboya. La UNESCO los ha declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 1992.
Sólo recientemente esta área ha sido recuperada de la selva, salvo el templo de Angkor Wat, dedicado al dios hindu Vishnu, mantenido desde hace siglos por monjes Budistas.
Angkor es una antigua palabra del sánscrito para referirse a ciudad; las palabras thom y wat son del actual Idioma jemer para "grande" y "pagoda" respectivamente. Así pues Angkor Thom se puede entender como la Gran Ciudad y Angkor Wat como la Ciudad del Templo. Para entender la organización y construcción de los templos es conveniente fijarse en el origen simbólico del Monte Meru, considerada como el hogar de los dioses y el centro del universo hindu.
Cuando el viajero del siglo XIX descubría Angkor, quedaba sobrecogido ante la grandiosidad y el misterio de esos templos con “figuras aéreas que el bosque ahoga y devora”, según el escritor francés Guy de Pourtalès. “Tengo ante mí”, prosigue Pourtalès, “no sólo una capital vacía, sino 700 años sin anales. Y el más terrible prodigio de la muerte: el silencio.” Ese silencio que se impuso en Angkor al ser abandonada en el siglo xv parecía entonces inmutable. Falsa impresión.
Ese gran esqueleto de piedra, ese sitio arqueológico fabuloso, es un lugar lleno de vida, ámbito de las divinidades y ciudad de los hombres, donde las acciones y los gestos cotidianos se impregnan de las costumbres de tiempos esplendorosos.
El bosque tomó posesión de las ruinas
Entre los siglos IX y XIV, Angkor, la capital del reino de Camboya, se estableció entre los montes Kulen y el gran lago Tonlé. En su apogeo, el reino comprendía una parte de Tailandia, de Lao y del Viet Nam actuales. Con el correr de los siglos, los reyes que practicaban religiones venidas de la India (hinduismo y budismo) erigieron templos monumentales de piedra donde honraban a sus dioses. Construyeron también un sistema hidráulico complejo que comprendía depósitos de agua gigantescos, un baray asociado a una red de canales, diques y zanjas de desagüe.1
Del presunto esplendor de Angkor sólo ha llegado hasta nosotros una descripción. Se trata del relato del chino Tcheu Ta-kuan,2 que llegó allí en agosto de 1296 en una misión diplomática. Con un estilo chispeante narra anécdotas de la vida diaria y describe las costumbres de los habitantes de Angkor. Cuenta que todas las noches en una torre de oro el rey debía unirse a una serpiente de nueve cabezas que cobraba la apariencia de una mujer. En palacio, las damas “blancas como el jade” llevaban moño y el busto desnudo. En cambio, según su descripción, los habitantes eran “bastos, morenos y muy feos”. Los nobles paseaban en palanquines de oro e iban ataviados con ricas telas cuyos diseños indicaban su rango. Sus casas tenían techumbres de plomo y de tejas “mientras que el pueblo sólo utilizaba la paja”. La agricultura se practicaba en las riberas del gran lago Tonlé. En la estación seca, las aguas se retiraban del bosque inundado en torno al lago, los campesinos bajaban de los montes y cultivaban en esas tierras arroz de secano y arroz flotante.
Al caer Angkor, vencida y saqueada por los siameses en 1432, el rey y su corte abandonaron el sitio devastado. El bosque tomó posesión de las ruinas. Las construcciones de madera, los escritos en hojas de palmera y pieles raspadas desaparecieron, víctimas del clima húmedo y de los insectos.
Iniciada a fines del siglo XIX, la lectura de las inscripciones y de las escenas representadas en los bajorrelieves de los templos permite establecer cronologías históricas, visualizar imágenes mitológicas, batallas y escenas de la vida cotidiana: caza, pesca, mercados, hábitat.
La existencia en las aldeas se organiza hoy de manera análoga a la que recogen las imágenes grabadas en la piedra. La carreta de madera que se oye chirriar en el recodo de un camino es idéntica a la del bajorrelieve. La vendedora adormilada frente a su puesto en el mercado de Siem REAP la capital provincial (75.000 habitantes) situada a siete kilómetros de Angkor, descansa en la misma postura que su antepasada representada por un escultor. En la cuenca del Srah Srang, que atraviesa el corazón del sitio y está bordeado por dos aldeas, el pescador que tiende su red circular reproduce los gestos de la época angkoriana.
Lejos de ser un simple sitio convertido en museo, Angkor alberga una vida religiosa y rural que transcurre dentro de los templos y en torno a éstos. En el interior de los santuarios en ruinas y de las pagodas budistas construidas en épocas más recientes, el humo del incienso se eleva ante las estatuas de los dioses antiguos y de Buda. En el umbral de un templo o sobre un montón de piedras, la mirada se posa sobre cigarrillos, hojas de betel enrolladas y velas depositadas por una mano anónima. Son ofrendas a uno de los múltiples neakta, esos genios que habitan a menudo en las estatuas de Angkor.
05/06/2008 3:17:32 Enviado por: lobarcar