Convertido en un auténtico símbolo de la Ciudad Eterna, el Coliseo romano atrae cada año a más de cinco millones de viajeros de todo el mundo, dispuestos a descubrir de cerca un monumento que esconde entre sus piedras mil y un secretos.
Tras su inauguración en el año 80 d.C., el anfiteatro Flavio -es su nombre original- se erigió como el más grande del imperio y en el buque insignia de la ingeniería romana de la época. Dos mil años después, sus dimensiones y los restos de su complejo entramado de túneles subterráneos, rampas y ascensores continúan sorprendiendo al mundo entero.
Terremotos, siglos de abandono y pillaje y, a partir de la Edad Media, su uso para fines diversos -templo pagano, almacén, fortaleza o cantera- han destruido gran parte de la estructura, pero no han conseguido despojarla de su majestuosidad. A pesar de que su estado de conservación no es precisamente excelente, sus restos nos permiten soñar e imaginar cómo debió ser en su máximo esplendor.
El anfiteatro, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y elegida también como una de las siete maravillas del mundo moderno, llegó a acoger a más de 50.000 espectadores ávidos por presenciar luchas de animales y de gladiadores, representaciones teatrales e incluso, en alguna ocasión, batallas navales, conocidas como naumaquias.
En otras palabras, el Coliseo era escenario de grandes acontecimientos sociales que reunían a romanos de todos los estamentos, aunque estrictamente diferenciados. El emperador ocupaba una fila de asientos en el ala sur del edificio, sacerdotes, magistrados y senadores se situaban en la primera tribuna, y por encima de ellos, aristócratas, ciudadanos adinerados, pobres y mujeres, en un riguroso orden. En total, 80 filas de gradas a las que se accedía por 80 puertas numeradas.
Y es que sus dimensiones son impresionantes: proyectada en forma de óvalo, se extiende 189 metros de largo por 156 metros de ancho, con una altura en la parte más elevada, de 48 metros. En su construcción se usaron 700.000 toneladas de piedra de tonos claros y luminosos, unidas por 300 toneladas de abrazaderas de hierro. Coronaba el edificio un sofisticado sistema de carpas móviles a modo de cubierta que permitía protegerse del sol.
Asistir a cualquier evento era gratuito y la forma de acceso y evacuación (podían vaciarse completamente las instalaciones en tres minutos a través de los vomitorios ) distaba poco de la utilizada en la actualidad en los estadios de fútbol u otros recintos deportivos.
28/09/2018 9:15:38 Enviado por: lobarcar
https://www.musement.com/es/roma/coliseo-v/
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